Cada etnia o nación conserva tradiciones y maneras convertidas en costumbres, de expresar su particular concepción religiosa del mundo, siendo una de estas, dentro de la tradición cristiana católica la de conocido y popular "Viernes de Dolores" que corresponde al sexto viernes de cuaresma; periodo de extrema penitencia y ayunos que inicia el miércoles de ceniza.
Este día está consagrado a la santísima Virgen María como tierno recuerdo de los dolores y sufrimientos que padeció durante la Pasión y Muerte de su hijo Jesucristo, destacándose la siete circunstancias en que el dolor fue como una espada traspasándole el alma, tal y como se le anunciara el anciano Simeón en el Tiempo de Jerusalén.
La costumbre de instalar este altar, llegó a México con la conquista española en el siglo XVI, aunque floreció planamente durante el siglo XVIII y se arraigó popularmente en el XIX.
Algunos autores atribuyeron la difusión de la costumbre al altar de Dolores, al virrey conde de Gálvez, quien durante su corto mandato tuvo que enfrentar una terrible hambruna que sólo a la Nueva España durante el año de 1875, situación que llego a ser tan angustiosa que el propio virrey dio de su bolsillo doce mil pesos en oro, y según se cuenta, que para obtener el favor divino ordenó levantar un altar a la "Dolorosa" a la manera que se hacía de Santa Anita, y la Sociedad Mexicana, pendiente siempre del Virrey, no tardó en imitarlo, naciendo así el Altar de Dolores, costumbre doméstica con cierta similitud con los nacimientos navideños y los altares de Día de Muertos.
Además de su significado religioso, existe en esta manifestación popular un profundo trasfondo prehispánico, en el que subyace una connotación de fertilidad de la tierra, la cual se manifiesta en las flores, frutos y semillas germinadas que junto con velas, cirios y papel picado a mano conforman una ofrenda plena de aromas, formas y colores que más bien parece una muestra de alegría más que de tristeza, haciendo algo único en su gracia y constituyendo una de las tradiciones más hermosas de la nación mexicana.
El alma de esta tradición era el sermón, relacionado con la fecha que dirigía a los invitados el sacerdote o algún miembro de la familia anfitriona, en algunas casas se ejecutaban obras musicales acordes a la ocasión como el Stábat Mater de Rossini, las siete palabras de Mercadante o el Ave María de Baca.
Aquí en Guanajuato, esta fecha también llego a constituir una de las más hermosas y pintorescas tradiciones. Se cuenta que las puertas de las casas se abrían al público "ya pardeando la tarde" y el pueblo se echaba a las calles e iba de casa en casa para visitar los altares y después de musitar una breve pero fervorosa plegaria, se introducía en la casa para hacer a los anfitriones la pregunta consabida ¿ aquí no lloro la Virgen"?
Esas lágrimas, para regocijo de todos, no eran otra cosa que el obsequio con aguas frescas de horchata y de limón con chía que pródigamente eran distribuidas entre los visitantes, vaciándose de grandes cantaros que guardaban su tesoro bajo la cubierta de un plato de fina porcelana antigua o de una vidriada cazuelilla.
En algunas casas por tradición se repartía helado de limón para refrescar el calor de la tarde y se obsequiaba dulce de chilacayote elaborado con piloncillo y canela.
Así era en Guanajuato y en muchas regiones de nuestro país, la tarde y noche del viernes de dolores. Después se desmantelaba el altar, y no sólo en los templos, sino también en los hogares se cubrían las imágenes con paños morados.
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